viernes, 20 de mayo de 2016

Microrrelato | La Sociedad de las Letras Perfectas II


Microrrelato: La Sociedad de las Letras Perfectas II




Un miércoles de 1997. Nunca olvidaré aquel día. Aquel humano y sus ideas. Nunca lo podré olvidar. Fue entonces cuando todo esto se convirtió en una pesadilla.

Hacía ya años que me había hecho con el control de todo. Descubrí los secretos del mismísimo Dios y accedí al poder. Sumí en la más bella oscuridad el mundo. Cada día que me levantaba, me dirigía a mi precioso balcón con decorados barrocos y alzaba la vista al cielo, podía ver las mil estrellas colgadas sobre mi cabeza, y podía ver también como allí en la lejanía, donde el horizonte hacía desaparecer el paisaje, reinaba la paz. La paz que yo había creado. 

Salía a las calles y, con el simple hecho de quererlo, mi voluntad se ponía por encima de la de cualquier ser vivo. Incluso de la voluntad humana. Sobretodo de la voluntad humana. 

Ahora era yo el Dios a quien todo ser humano rezaba y veneraba. Supongo que porque, en el fondo, tenían miedo de mí.

Pero aun con tanto poder, llegué a aburrirme un día. Así que ideé un nuevo sistema para este nuevo mundo que yo mismo había creado y así poder alimentar mi entretenimiento. Primero modelé, a partir del homo sapiens, una nueva raza superior, el humano a mi semejanza, inmortal y amante de las letras, fuerte e incapaz de concebir la idea de odio ni de cualquier otro sentimiento.

Después borré de la faz del planeta a todo aquel ser inferior al nuevo hombre. Acto seguido reduje la población mundial a un número de dos cifras y la concentré en un único punto, lugar donde yo podía observar sin ser visto, porque esa era mi voluntad. Por último doté a los supervivientes de unas instrucciones, que implanté en su cerebro, para que cada uno de ellos hiciese su parte correspondiente del trabajo. 

Y bauticé toda esta nueva comunidad humana con el nombre de „Sociedad de las Letras Perfectas“.

Mientras que la gran parte de los hombres esperaban en una gran plaza bajo los oscuros cielos, una minoría se encargaba de que la cosa funcionase. Unos llamaban y conducían, por grupos, a los de la plaza hasta la habitación del pozo. Dicha sala se encontraba en una bonita casa, cuyo exterior era de estilo barroco pero el interior era gótico, que estaba situada en lo alto de una bonita colina rodeada de flores marchitas. Una vez en el interior de la habitación, los invitados debían de responder una pregunta que un servidor escribía en un papel y les pasaba a través de una rendrija en la pared. No podía dejar que supieran que era yo mismo quien lo hacía, por eso me escondía, pero la diversión era la misma que si yo hubiese estado allí presente, pues esa era mi voluntad.

Quien acertaba el acertijo, podía volver a la plaza a esperar su turno nuevamente; quien no, debía de ser tirado por el pozo sin fondo que había en el centro de la sala. Era gracioso ver como los cuerpos caían por allí, pues nunca cesaba su gritar; eran inmortales.

Entonces, vino el día en que un ser humano mortal llegó a la Sociedad, y desconozco su procedencia, pues mía fue la voluntad de erradicar a todo ser perteneciente a la raza inferior. Aunque se adaptó al sistema e incluso superó la prueba varias veces, nueve meses tras su llegada condujo a la revolución a mis hijos. Yo mismo desconozco cómo, pero dotó a la gente de la plaza con capacidad de odiar, de odiar lo ilógico, de sentir, e implantó en su razonamiento la idea de que el sistema era erróneo, que debían de cambiarlo y no dejarse controlar por nadie, que debían ser ellos mismos sus propios amos. 

Por vez primera, desde que tomé el control del mundo entero, tuve miedo. Se avecinaba mi peor pesadilla. El 1997 hubo una gran revolución en la Sociedad. No tuve dificultad alguna para apaciguar las voces del pueblo, pues esa era mi voluntad. Pero para asegurarme de que nunca más pasase una cosa similar, para asegurarme de que nunca más viniera un extraño y manipulase de nuevo la Sociedad, tuve que cambiar ligeramente el sistema. 

Primero, como, desconozco porqué, no podía controlar su voluntad, otorgué el don de la inmortalidad a aquel humano revolucionario e hice que ocupase un alto cargo: mientras otro ser, creado a partir de mi propia carne, se encargaba de pedir a aquellos que iban a la habitación del pozo que escribiesen ciertas palabras en un papel, él vivía tras la pared y debía de decidir si aquello que le pasaban, a través de la misma rendrija por donde yo en un principio hacía pasar los acertijos en su día, estaba bien escrito o no. Le di a este ser la potestad de determinar el futuro de los habitantes de la plaza, dicho de otro modo. 

Después yo mismo tomé la apariencia de un ser como los que yo había creado, porque así lo quise, y me infiltré entre la gente de la plaza. De este modo, si algún forastero llegaba a la Sociedad, yo mismo podría encargarme de él personalmente. Para no levantar sopechas entre mi gente, eso sí, tuve que dar a mi nombre la posiblidad de ser elegido para ir a la habitación del pozo y superar la prueba cada tanto tiempo.

Y aquí estoy, viviendo la peor pesadilla de todas, la que yo mismo me he ido tejiendo poco a poco. Me he caído en una oscura fosa, el propio juego que yo mismo he creado, un sistema erróneo y defectuoso. Y no solamente he hecho de todo esto mi propia pesadilla, sino que también lo es para el humano revolucionario, quien sí se lo merece, pues sin saber nada ni venir de ningún sitio, lo hizo cambiar todo.


♠ Fin del microrrelato La Sociedad de las Letras Perfectas II

3 comentarios:

  1. Hola!!!
    Me gustó mucho tu relato, es tan original.

    Saludos!!!

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  2. Uy, ¡Me sale tu blog en alemán! Justo tengo examen esta semana, es como intentar descansar y no dejar de tenerlo presente... jajajaja. Y bueno, que vi tu comentario en mi blog así que aquí estoy, a seguirte y a leerte :)

    Me gusta mucho la idea de los microrelatos, sobretodo porque no ocupan interminables entradas en un blog (Que si llegas tarde, da mucha pereza leerlas todas!). Me gusta muchísimo como escribes, además de ser un relato original. Aunque eso del pozo donde nunca dejas de oír gritos... uh, no quiero uno así en mi casa! jajaja.

    Un saludo!

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