lunes, 10 de agosto de 2015

Relato | Las flores que sanaron nuestras heridas


Relato | Las flores que sanaron nuestras heridas


Mis padres siempre estaban trabajando. Papá trabajada de lunes a sábado. Se levantaba tan temprano, que yo aún estaba dormido, y volvía tan tarde, que yo ya dormía. Solamente lo veía los domingos, pero tampoco mucho, porque entonces él estaba tan cansado, que se pasaba el día entero durmiendo.
Mamá trabajaba cada tarde con Papá, de lunes a sábado. En casa estaba sólo por las mañanas, o sea, cuando yo estaba en la escuela. Y los domingos, Mamá se tiraba todo el día limpiando la casa. Cuando era festivo, ambos trabajaban también. En los festivos trabajaban más que nunca.
Ese verano, en concreto, mis padres tenían mucho más trabajo de lo normal. Tuvieron que inscribirme en un escuela de verano.

El primer día en la escuela de verano fue horrible. No me gustó. Lo odié muchísimo, puedo decir. Odiaba los profesores, que siempre me decían que debía de hacer. Odiaba a mis supuestos compañeros de clase. No es por nada, pero no me gustan los críos, ni tan siquiera me gustaban entonces, cuando yo también era un crío. Lo único que me gustó - u odié menos, no sé - fue el lugar. La escuela era enorme. Constaba de una gran edificio de tres plantas, que tenía dos campos de fútbol y uno de baloncesto en la parte delantera, un pequeño parque para los más pequeños bajo un montón de árboles en un lateral y una bonita calle llena de flores y árboles que pasaba por la parte trasera. Reconozco que, con lo grande que era todo aquello, me perdí un par de veces en el primer día. Durante todo el tiempo que estuve allí, me perdí muchísimas veces más. Aunque algunas veces, incluso me perdía a propósito para saltarme unas cuantas horas de clase. No me gustaba nada ir a hacer estupideces de niños con otros críos que ni siquiera conocía. Algunas de esas estupideces incluían pintar camisetas blancas con esponjas y pintura, hacer luchas de espuma en el campo de fútbol, formar dos equipos y que cada uno estirase de un extremo de una cuerda... Yo no era de esas cosas. A mí no me iban, simplemente. Mi hora preferida era la del recreo. Podía irme a la parte trasera de la escuela y tumbarme en el césped bajo la sombra de un árbol. Y reflexionar sobre todo allí solo. Eso me encantaba. Siempre me ha gustado perderme en mis pensamientos.

Por allí a mitad del verano, me cansé ya de todo y decidí fugarme. Ideé un plan. El plan perfecto. Sólo necesitaba un aliado para llevarlo a cabo. Y fue entonces cuando perdí la confianza en los humanos. Entablé una especie de amistad con un par de chicos. Probé su lealtad durante unas dos semanas. Discretamente, sin que ellos notaran que yo en realidad sólo los quería para completar mi plan. Uno de ellos - Álex se llamaba - me cayó muy bien e incluso puedo decir que llegó a ser mi amigo realmente. Así que decidí mantenerlo al margen de mi plan de fuga. No quería que le metieran en problemas por mi culpa. Al otro (cuyo nombre no recuerdo), le expliqué un día mi plan. Me inventé que se me había ocurrido ese mismo día y que mi único objetivo era ir a comprar golosinas a la tienda que había más allá de la valla de la escuela. Decidimos hacerlo al día siguiente. Pero lo que pasó al día siguiente no tiene perdón. Este chico le explicó el plan a Álex y ambos, sin hablar conmigo, decidieron decírselo a la directora. ¿Qué les pasó por la cabeza a aquellos dos en aquel momento? Fueron unos cobardes de mierda, claramente. Por cierto, no me volvieron a hablar jamás ese par.

Siempre intentaba pensar en positivo. Aunque la mayoría de las veces no lo conseguía, yo lo intentaba. Creo que el positivismo luchaba contra el pesimismo dentro de mi cabeza. Más o menos. Y acababa ganando el segundo. El refrán "Lo importante es participar" me viene ahora a la cabeza. Me lo solía decir Rovy, el profesor de educación física, cuando a mi equipo le metían cinco goles y perdíamos y yo empezaba a maldecirlo todo. Era muy competitivo. Y si no ganaba yo, me enfadaba con los demás, conmigo mismo y me deprimía para el resto del día. Me deprimía por todo. En lo único que ganaba siempre era en las carreras. Corría muy muy rápido y siempre se lo restregaba por la cara a todo el mundo cuando llegaba el momento de hacer carreras en la hora de educación física. Aunque una vez pasé mucha vergüenza cuando iba corriendo y, a punto de llegar a la meta, pisé una piedra o algo similar y caí al suelo. Me raspé todo el brazo y las dos rodillas. Al profesor le dio totalmente igual. Él, junto a mis compañeros de clase, celebraban mi penosa derrota y la victoria de un estúpido niño que llegó a la meta tras pasar de largo al ver como me estampaba contra el duro suelo. Después de eso, nos encontramos una paloma muerta en el patio. Rovy se la llevó a la cocina - él también cocinaba, a parte de enseñarnos a correr y a jugar a fútbol - y para la hora de comer nos sirvieron rollitos de carne de pollo. Vale, sé que no podía ser. Para nada. Una sola paloma no da para más de 50 rollitos de carne. Pero yo aún así no probé esos rollitos. Y como no comí nada, me escabullí del comedor sin que nadie se diese cuenta y me fui a la parte trasera de la escuela. Allí nadie me encontraría.
Aún me escocían las heridas que me había hecho por la mañana. Me senté bajo un árbol lleno de flores. Me rocé la herida del brazo con la corteza del árbol sin darme cuenta y el escozor aumentó considerablemente. Mientras me observaba la herida, una suave brisa removió la copa del árbol y éste soltó algunas de sus flores. Una de ellas me cayó justo en la herida del brazo. Era una pequeña flor de color amarillo verdoso con manchas rojas y tenía forma de campana. Era muy bonita. La florecilla soltó una especie de polen en mi herida. No le di importancia. Me tumbé y me eché una siesta.
Al despertarme, el sol ya se estaba poniendo. Para levantarme del suelo me arrodillé. En ese momento me acordé de la penosa caída que sufrí antes. Lo maldije todo. Me miré las rodillas. Una herida me sangraba un poco, sobre la otra se había echo una fina costra. Me miré el brazo. No tenía nada. Me quedé confuso por unos instantes al ver que la herida del brazo había desaparecido. Entonces caí en la cuenta. La flor. Alcé la mirada y observé la copa del árbol, llena de flores, y luego miré hacia el suelo. También había algunas flores. Cogí una y la miré atento. Una parte de mí sabía que no podía ser. La otra decía lo contrario. Me eché un poco del polen de la flor en la herida de la rodilla que aún me sangraba. Por probar, que no quede. Volví a mirar al árbol y le di las gracias, aún sabiendo que éste no me entendería.

Los días pasaban. Yo estaba cada día más solo que la una, pero feliz. Estaba deseando que el verano acabase de una vez. A principios de agosto, el calor era insoportable. Un día por la tarde, decidí ir al parque de los pequeños, donde siempre daba sombra y quizás me encontraría más fresquito. No había nadie excepto una persona. Era una niña de más o menos mi edad que estaba agachada cerca del arenal. Me acerqué y le pregunté qué hacía. Me explicó que se le había perdido la goma del pelo. Vestía unas bambas normales y corrientes, unos pantalones tejanos, una camiseta blanca sin mangas y llevaba una gorra azul. Tenía el pelo no muy largo, hasta los hombros, de color castaño y ondulado. Tenía los ojos verdes. Le ayudé a buscar su goma del pelo, pero no la pudimos encontrar. Después de media hora buscando por todas partes, nos rendimos y nos fuimos al césped a tumbarnos y descansar. Hablamos un poco. No mucho. Se ve que la acababan de inscribir en la escuela ese mismo día, pese a lo poco que quedaba de verano ya. Se llamaba Marina y tenía un año menos que yo. Me cayó bien. Después de todo el tiempo que estuve en aquella escuela, ella fue la primera persona que me cayó bien. También fue la única.
Al día siguiente, me encargué de enseñarle a Marina toda la escuela y explicarle todo. Como éramos de edades diferentes, íbamos a clases diferentes pero nos saltamos un par de clases para estar juntos. Estábamos dando una vuelta por el parque donde nos conocimos el día antes, cuando Marina tropezó. Llevaba los cordones desatados y no se había dado cuenta. Cayó allí cerca de los columpios y mi reacción no fue lo suficientemente rápida como para haber evitado aquella caída. Se había arañado con alguna piedra del suelo en la mejilla izquierda. La ayudé a ponerse de pie. Me fijé en sus ojos. Estaban a punto de llorar, pero no lo hicieron. Era una chica fuerte. Fue entonces cuando supe que podía confiar en ella y le hablé de las flores mágicas. Ella fue la única persona a quien le he confiado este secreto. Fuimos al camino de detrás de la escuela y le mostré las flores. Como parecía un poco escéptica respecto al tema, cogí una piedra del suelo y me herí la palma de la mano. Eso sí que dolió. Acto seguido, cogí una de las flores que estaban caídas al pie del árbol y me eché su polen sobre mi herida. Cinco minutos y la herida ya había cicatrizado casi por completo. Después le curé la herida de la mejilla a Marina con otra flor.

Marina y yo éramos como uña y carne. Éramos inseparables. Sin ella, yo era como un cangrejo ermitaño sin su concha. Vulnerable. Aprendí mucho de Marina. Cambió mi forma de ver el mundo. De ser. Tenía ganas de vivir. Sin ella, volvería a ser aquel despreciable ser que vagaba por el patio de la escuela sin vida propia. Lamentablemente, Marina solamente estuvo en la escuela durante tres días. Al cuarto día, desapareció. Sin dejar rastro alguno. Ella tampoco me habló de que se iría. Por eso me dolió más, quizás. La busqué por todos lados. Pregunté a todo el mundo, incluida la directora. Nadie sabía dónde estaba Marina. Es más, nadie sabía ni quién era Marina.
Marina nunca existió para ellos.

♠ Fin

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