lunes, 29 de junio de 2015

Cuentos de medianoche #2 | El hijo del ruido


Cuentos de medianoche #2 | El hijo del ruido


El hombre viste de negro. Completamente de negro. Sus botas negras, su tejanos negros, su abrigo negro, sus guantes negros y su sombrero de copa negro realzan la palidez de su rostro. Parece que estoy frente a un cadáver. Lleva los labios pintados con el color de la noche. Esas cejas rubias, escasamente pobladas, en contraste con los ojos marrón oscuro me ponen la piel de gallina. Dicen que los ojos son el reflejo del alma de una persona. Los ojos de este ser me inspiran miedo y terror. Asco y repulsión. Ganas de morir. Pero no me dejan mirar en su interior. 

Gesticulando de una forma indescriptible con la mano derecha, el señor levanta lentamente el brazo izquierdo. Cuando la mano está a la altura de la cabeza, ésta se aferra veloz y ferozmente a la oreja mientras sus labios se separan apenas unos milímetros, dejando brillar el amarillo de sus dientes a la luz de la Luna, y sus ojos permanecen inmóviles. Mira hacia mí, mas no a mí. Es como si observase algo situado entre nosotros dos, pero que sólo él puede ver. Le empiezan a temblar las piernas. Se le doblan ligeramente las rodillas. Aún así, él aguanta y se mantiene de pie. Se lleva la mano derecha al lado derecho de su rostro y se lo araña, se lo desgarra. Sus dedos se le clavan en el ojo, en el pómulo, en el labio superior y acaban en esa barbilla partida. Me parece haber visto como hacía una mueca de desprecio con la boca, pero quizás sólo sean imaginaciones mías. Permanece durante unos largos segundos con los dedos clavándosele en la piel mientras que con la otra mano aún se tiene agarrada la oreja. De repente se suelta la oreja y se tapa el ojo izquierdo con la mano a la vez que mueve el otro brazo para levantarlo y poder señalar al cielo estrellado. Le sangra el labio. Se le doblan las rodillas. Abre la boca pero no suelta ningún sonido. Cae de rodillas al suelo. Lentamente, se lleva la mano con la que señalaba al cielo a la oreja. Delicadamente posa la palma de la mano sobre el oído. Es ahora, cuando sus labios dejan escapar unas palabras en forma de siniestro susurro "No grites. No hables alto."

Parpadeo. Ya no está el extraño hombre. Vuelvo a estar solo en el parque. Me encuentro sentado en un banco. Es de noche. Hace frío y sopla el viento. Los árboles susurran una suave melodía. La luz anaranjada y parpadeante de las farolas es mi única compañía. 
De repente el viento cesa y se lleva todos los ruidos innecesarios. Sólo queda el silencio. "Me gusta el silencio." digo en voz baja. Cierro los ojos y me vuelvo a dormir.

♠ Fin

2 comentarios:

  1. Hola. A mi tambien me gusta el silencio. Muy chulo el relato. Un saludo.

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