viernes, 27 de febrero de 2015

Microrrelato | Muñecas de lirio

Erin with Doll, por Susan Lyon, 1992


Microrrelato: Muñecas de lirio



Era verano. Una familia se mudó a la casa que se acababa de construir en el gran solar al lado de nuestro hogar. Por aquel entonces, yo me encontraba fuera por motivos de trabajo y decidí comprar algún souvenir para regalarle a mis nuevos vecinos, como símbolo de perdón por el retraso de la bienvenida.

Me costó lo suyo tocar el timbre de la puerta de los vecinos, pues sostenía en una mano un ramo de flores y en la otra un par de muñecas de porcelana envueltas en un bonito paquete. No tardó en abrirme una pequeña cría toda vestidita de rosa pastel y con una cara angelical, me sonrió y volvió a cerrar la puerta. Al cabo de unos segundos muy largos, los padres abrieron de nuevo la puerta. Les di la bienvenida y les entregué los regalos. "Qué bellas muñecas!" exclamó la chiquilla de antes, escondiéndose tímida tras su madre. A la mañana siguiente, nada más levantarme, salí afuera, a saludar al sol, y me pareció ver que, en el jardín de los vecinos, su hija estaba jugando con las delicadas muñecas que yo les había regalado el día anterior. Sin embargo, no estaba jugando con ellas, sino que las estaba colocando en unas macetas con algunos brotes. Me pareció muy lindo. Aunque, con el tiempo, me dejaría de parecer tan lindo. Pensé que la pequeña se pensaba que las muñecas eran como enanos de jardín o algo así.
Antes de irme a dormir, aquel mismo día, observé por la ventana de mi habitación como el vecino se daba una grata sorpresa al encontrarse con las muñecas en el jardín y las recogía para llevárselas de nuevo adentro de su casa. Por la mañana, sin embargo, volví a ver a la niña con las muñecas, colocándolas en las mismas macetas, esta vez, con los brotes algo más crecidos. "¡Apuesto lo que quieras, a que esta noche el señor Malzard se las vuelve a encontrar y las guarda pa' dentro otra vez!", pensé en aquel momento y sonreí. Y estaba en lo cierto, por la noche volví a observar por mi ventana y vi como el vecino volvía a encontrarse con las muñecas en el mismo sitio que la noche anterior y las cogía para llevárselas adentro de casa.
Aquí fue cuando las cosas empezaron a ponerse extrañas. Cada mañana, yo volvía a ver a la hija de los vecinos colocar las muñecas en el mismo lugar y cada noche, su padre las metía en casa de nuevo. Cada día. Una y otra vez. Y como tampoco los veía salir entre horas, nunca les pude preguntar qué pasaba. Era como si cada día fuese el mismo día para los vecinos. Marianne me dijo que no me preocupara, que me estaba obsesionando con los vecinos, y tenía sus razones para pensarlo. Les observaba a todas horas, con la intención de sacar a la luz aquello, fuese lo que fuese, que iba mal con esa familia, aunque nunca conseguí sacar nada de ellos. Era un obseso.
Un día por la mañana, me armé de valor y, mientras estaba la hija de los vecinos con las muñecas en el jardín, me dirigí a ella y le pregunté qué hacía. No respondió. Solamente soltó un grito como muestra del susto que le acababa de pegar yo sin querer y se me quedó mirando. Al momento salió el padre de la casa y me vio, me preguntó que qué estaba haciendo yo en su jardín. La niña no paraba de mirarme fijamente con cara de sorpresa y el padre, lo mismo. "He venido a decirle, que aquí están sus muñecas... no vaya a ser que se rompan aquí fuera..." dije con miedo.
En ese mismo instante, me fijé en las muñecas: estaban enredadas entre los tallos de los lirios allí plantados y cubiertas por sus bonitas flores. Parecía que habían permanecido entre esas plantas toda la vida.
Entonces caí en la cuenta, que todo había sido un maravilloso cuento.




♠ Fin del microrrelato Muñecas de lirio

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Muchas gracias por vuestros comentarios!