miércoles, 10 de septiembre de 2014

Microrrelato | Eso




♠ Personajes 
♠ Alguien, como él. Algo, como eso. ♠



Él estaba sudando. Era mediados de agosto y el calor de las noches se hacía tanto o más inaguantable que el del día. Ahora se giraba hacia la pared, ahora hacia el otro lado. Su rostro reflejaba inquietud y preocupación. Él soñaba. Soñaba que le perseguían hasta la fin del mundo, y una vez allí, caía al suelo y le arrastraban cogiéndolo bien fuerte por los tobillos. Notaba como unas manos macizas le apretaban sus tobillos a la vez que le arrastraban camino atrás. Le dolía. Y ese dolor fue haciéndose cada vez más sólido. Topó bestialmente contra el muro de la realidad. Tenía las sábanas a la altura del cuello. Los tobillos dejaron de dolerle así como se iba despertando. Se levantó de la cama y se puso en pie. Le dolían los tobillos. Aun le dolían. Menos mal, que él estaba seguro de haberlo soñado; menos mal, que no se miró los tobillos, para encontrarse las marcas rojas que le habían aparecido.

Él volvía a sudar. Inicios de setiembre, y el calor era aun insoportable. Dormía bocabajo debido al cansancio que tenía, después de estar todo el día fuera de casa, de aquí para allá y de allá para aquí. Su cara mostraba un rostro feliz. Inocente. Era un inocente. Soñaba que era joven y vivía aun con sus padres. Soñaba que ya era hora de acostarse y que su madre venía a arroparlo. El tacto de las manos de su madre era tan real. La angelical sensación que se siente al ser arropado por una madre de amor era simplemente como él lo recordaba. La madre empezaba ahora a ajustar las sábanas, apretándole, como si quisiese hacer de su hijo una momia de mantas. En ese momento despertó brutalmente de su sueño. Su única reacción fue permanecer quieto e intentar asimilar lo que acababa de soñar. Estaba oscuro y no veía. Con los ojos abiertos y sin poder ver nada, notó que algo estiraba las sábanas de su cama. Su reacción instintiva fue mover una pierna, tratando de dar una patada a aquello que le comía las mantas. Sin embargo, aunque cesó el estirar, la patada no tocó a nada más que aire. Menos mal, que él juraba haberlo soñado; menos mal, que no decidió mirar bajo la cama, para encontrarse con eso, fuera lo que fuese. Oh Dios mío, menos mal.


♠ Fin del microrrelato Eso


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