sábado, 30 de agosto de 2014

Microrrelato | Manos juntas





Ella vivía en la zona central de la ciudad. En un piso de lujo, gracias al gran poder de los padres, forrados de dinero. Ella aun era demasiado joven como para comprender porqué el mundo gira, porqué las manzanas crecen en los árboles, o porqué se debe trabajar para sobrevivir. Y aun pese a sus nueve años, era una chica muy espabilada. Cada día se levantaba temprano, después de que sus padres se fueran al trabajo, y se preparaba un buen desayuno; acto seguido se marchaba a la escuela. Volvía por la tarde noche, tras acabar el horario escolar y las clases particulares de piano, matemáticas e inglés, y se preparaba la cena ella solita. Sus padres trabajaban durante todo el día en la empresa, entraban a las siete de la mañana y regresaban a casa a las dos de la madrugada. Su meta era conseguir un buen futuro para su única hija, y la base para conseguir ese buen futuro era, sin duda, el dinero. Tenían muy claro qué hacían, porqué lo hacían y por quién lo hacían.
Una noche de Diciembre, cerca del cumpleaños de la cría, la joven chiquilla se llevó una grata sorpresa. Tras una gran cena, basada en todo tipo de nutrientes y vitaminas, y un par de vasos de agua mineral natural, llegó la hora de irse a la cama a dormir, para así poder descansar y estar llena de energía al día siguiente. La niña echó para atrás las sábanas y se sentó en el mullido colchón de marca. Levantó los pies, dejando las zapatillas de andar por casa caer en el parqué, y los metió lentamente bajo las sábanas mientras colocaba la cabeza lentamente sobre la almohada. Se tapó hasta el pecho con las sábanas y apagó la luz de la mesita de noche, dejando la habitación completamente a oscuras.
Tras un par de horas durmiendo, algo que se movía bajo la almohada incomodó a la criatura. Se despertó. Y en vez de encender la lámpara, su reacción fue meter la mano bajo la almohada sin ni siquiera mover cualquier parte del cuerpo. Sigilosamente, a ciegas, deslizó su mano por debajo de su cabeza, por debajo de su almohada. Sus dedos rozaron algo fino al tacto. No se asustó, fue valiente; y a la vez curiosa. Continuó, e intentó coger aquello que se escondía ahí abajo. Ahora lo tenía, lo agarró fuerte. La niña, sin dejar a la extraña cosa, encendió la lámpara con la mano que tenía libre, se posicionó bien y levantó la almohada sin soltar aquello, fuese lo que fuese. Vaya sorpresa fue la suya, cuando vio que entre sus manos había una mano. Una mano que salía de la rendija de entre el cabezal y el colchón de la cama. La extraña escena ante sus ojos la dejó boquiabierta, obligándola a soltar lentamente la mano de entre la suya. Nada más ser libre, la mano hizo un extraño gesto, como si intentase estirar sus huesos después de mucho tiempo. De debajo de la cama salieron unas palabras, con una rara entonación, dándole las gracias a la chiquilla por haber soltado la mano. En el momento que la niña decidió abocarse para asomarse y poder ver de dónde provenía la voz, la mano se lo impidió, cogiéndola por el brazo. La voz habló en voz baja que, si querían ser amigas, la pequeña no debería de mirar bajo la cama durante las noches. La joven aceptó el trato. Hablaron durante mucho, mucho tiempo; hasta que la niña cayó dormida.
Noche tras noche, charla tras charla con la mano, fue pasando el tiempo. No faltó día, que las dos estuviesen dispuestas a hablar. Qué hablaban entre ellas, solo lo sabían ellas mismas.
Llegó el día, en que la mano faltó a la cita. La chica, ya no tan joven, procedió como siempre a meterse en la cama y levantar la almohada, a fin de ver la mano. No vio nada. No había nada. La mano no estaba. La jovenzuela esperó y esperó, con esperanzas de que su peculiar amiga apareciese, pero nada. Casi a la una de la madrugada, se dio por vencida y decidió salir de la cama, con el objetivo de asomarse bajo ésta, pues era de ahí debajo de donde la voz de su compañera provenía siempre. Sacó primero el pie derecho y después el izquierdo. Se mantuvo durante unos segundos sentada en la cama, se colocó las zapatillas de andar por casa y se levantó. Dio un paso adelante, media vuelta y se agachó, colocando las palmas de sus manos sobre el frío suelo. Abajó la cabeza y, apartando con una mano los flecos de las sábanas, miró qué había bajo el lugar donde ella había dormido siempre, bajo el lugar de donde provenía la voz de la mano.

Un grito helado. La madre de la chica pegó un escalofriante grito al asomarse por los hombros de su marido. Él le había pedido de llamar a la policía urgentemente y le impidió que mirase qué había allí, pero ella quería saber qué había pasado. La madre vio la escena. En la habitación de su hija, no había hija alguna. En cambio, podía observarse una horrorosa locura en las paredes del dormitorio. Cientos de manos, de un color rojo carmesí, pintadas en cada una de las cuatro paredes del recinto. Inseguridad, miedo, furia y quizás algo de asco fueron los sentimientos que recorrieron de los pies a la cabeza a la mujer. El padre, mostrando no más que una fría expresión en la cara, tres cuartos de lo mismo.
Nunca más hubo rastro alguno sobre su hija. No volvieron a verla jamás. Nunca nadie supo qué le pasó a la inocente chiquilla.


♠ Fin del microrrelato Manos juntas


2 comentarios:

  1. ¡Hola! Soy Pablo, redactor del blog Libros Lectureka!
    Tras leer tu blog, me he dado cuenta de lo que te gusta escribir (y lo bien que lo haces), y he pensado que a lo mejor te interesaría participar en el proyecto de los relatos encadenados de Lectureka INK.
    Aquí te dejo el enlace, ¡Y perdón por el spam!

    http://libroslectureka.blogspot.com.es/p/lectureka-ink.html

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    1. ¡Hola Pablo!
      Que guay tenerte por aquí^^
      Pues ahora me miro lo de los relatos encadenados, quizás participe :)

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¡Muchas gracias por vuestros comentarios!