miércoles, 30 de julio de 2014

Microrrelato | Tres caminos




Personajes
♠ El oro, como la clase predominante. La vida, como la telaraña. Níðhöggr, como la bestial igualdad. ♠



Hubo una vez tres caminos en algún punto de la línea del llamado tiempo, ocupando una gran parte de un espacio desconocido.


El primer camino estaba compuesto por baldosas colocadas por octavas, y había tanto baldosas blancas como negras, aunque estas últimas más pequeñas. El principio del camino no había sido revelado aun, se hizo creer que comenzaba allá donde el mar se pierde, allá en la línea del horizonte. Y también se hizo creer que su final caía por allí donde los pájaros más grandes se bañan en las nubes. La clase predominante manejaba los hilos de sus marionetas y les obligaba a creer que aquella maravilla de la naturaleza estaba delimitada por un principio y un final. Los corazones de aquellas gentes era manejado sin piedad, como si de muñecas se tratase. Como si fuese una obra de teatro donde los títeres deben de comenzar y acabar cada uno de los actos, por orden. Este camino era así. Cada uno de los seres que debían de pasar por él comenzaba y acababa. Todo estaba planeado y calculado. Aquellos que se hacían ver como superiores lo único que hacían era hacer creer a la gente esas estupideces. Y las marionetas lo único que hacían era bailar al mismo son.

El segundo camino estaba consumido en una salvaje y extensa vegetación. Para atravesarlo, la gente de aquel lugar debía de regar cada una, y sin excepción alguna, todas las plantas con las que se encontrasen durante el viaje. La gente se sumergía en el mundo de los sueños pensando en su tarea, se levantaban con la misma idea fijada en su mente. Aquella gente lo llamaba vivir. Gracias a aquel esfuerzo, conseguían una buena recompensa. Dicha recompensa, variaba según el trabajador, por supuesto. Y es que, ese camino, basado en la estúpida regla del trabajo, era como una telaraña inmensa, inmensa. La gente quedaba en ella atrapada, y cualquiera quien intentase sacar a alguien de ella, quedaba pegado también. Era todo una trampa de el único amo y señor que inventó las reglas del juego. Sin embargo, en este camino, a diferencia del primero, este personaje perteneció a la clase baja, nada de lujos. Y este señor fue tan listo, que incluso él cayó en su telaraña, pegajosa e irrompible.

El tercer camino, y también el último conocido hasta el momento por los investigadores más expertos en la materia, fue gobernado por una bestia magnífica. Tan bestial fue el reinado de la bestia, valga la redundancia, que nadie osó nunca a plantarle cara al sistema. El camino recorría un árbol vetusto, desde las raíces hasta la copa de la planta. Tenía un claro principio y un obvio final. Las gentes que habitaban en él solamente creían en lo que veían, no soñaban ni tenían color. Todo era igual siempre. Todos fueron siempre iguales. Nadie superaba a nadie ni nadie estaba por debajo de nadie. Y si un ruiseñor cantaba, los cientos, millares de miradas acusadoras le inundaban su plumaje celeste en un gris como el que pinta las lápidas del cementerio y las que no están en el cementerio. En aquel camino reinaba la igualdad pura. La bestial igualdad llena de escamas y garras que atormentan a la gente antes y después de su camino por el viejo abedul. La misma igualdad que lanzaba las llamaradas que acabaron quemando el tronco del árbol y, por ende, el camino con todos sus habitantes.


♠ Fin del microrrelato Tres caminos


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