viernes, 27 de junio de 2014

Microrrelato | Manicomio 1967




Él está sentado a mi lado. Aparenta tener como mínimo unos cincuenta y pico. Es muy alto, bastante más alto que yo, aunque tampoco puedo decir que yo destaque en estatura. Ahora que me fijo, tiene una especie de aparato extraño que le rodea el cráneo, desde la frente hasta la parte trasera. No es de buena educación quedarse mirando fijamente a un desconocido, pienso, así que agacho la cabeza y dirijo la mirada hacia el frente. Me encuentro ante una mesa de color gris. O quizá blanca. La verdad es que, con la poca luz que emite esa única bombilla que cuelga del techo, no se puede ver nada bien. Miro las paredes de la habitación, éstas son de cemento y tienen grandes manchas a causa de la humedad. Al menos, se está fresquito. La verdad es que no sé ni cómo ni cuándo he llegado aquí. Tampoco sé quién soy, ni tan solo cómo me llamo. Quizá por eso me de igual estar donde estoy.
De repente una puerta, de cuya presencia no me había dado cuenta hasta ahora, se abre. Por ella entran un par de personas. Un hombre y una jovenzuela. La chica lleva un par de platos en sus manos, dos ensaladas. Ahora, viendo comida, me entra hambre. Ojalá que las ensaladas sean para nosotros, el señor ese tan extraño y yo. ¡Genial! Sí, yo iba en lo correcto: esas ensaladas con tan buena pinta son para nosotros. La chica nos ha dejado cada una enfrente del señor y de mi. A decir verdad, pese a ser una escena demasiado extraña, la ensalada está riquísima. El hombre que entró con la joven simplemente se está ahí de pie, observando, y ella está sentada enfrente nuestro, seguramente que para asegurarse de que nos comemos todo. Espera. Fijándome bien, me doy cuenta de que en el plato hay más ingredientes de los que debería de haber en una ensalada normal. Hay alguna que otra pastilla, parece ser. Sí, pastillas. No sé dónde me encuentro, no sé quién son las personas que hay en esta habitación conmigo, no sé por que me han ofrecido comida, pero una cosa la tengo clara: a mi no me droga nadie.
Disimuladamente, miro por el rabillo del ojo a mi compañero, el señor alto sentado junto a mí, y puedo ver como, sin darse cuenta, se traga alguna pastilla igual que las que hay en mi plato. Siento pena por él, a la vez que ira hacia esos dos personajes que hay delante nuestro, que solo se limitan a observar y no decir ni mu. Y ahora, va y se sienta el hombre, que ha estado de pie plantón todo el rato, justo delante de mi compañero, por así llamar a éste, puesto que, según parece, está en la misma situación que yo. El hombre se inclina hacia delante y, con una voz gruesa pero casi inaudible, le pregunta a mi compañero si le está gustando la comida que le han ofrecido. No sé porqué, pero hay algo en esa persona que me cae gordo. Quizá sea su tono de voz irónico, o su cara de sinvergüenza, o las sucias uñas de sus dedos. No lo sé, simplemente me cae gordo, y me repugna. Por otra parte, la señorita continúa observando, sin expresión alguna en su rostro. A esto que mi compañero le responde al repugnate hombre algo. No le entiendo muy bien, habla muy extraño, per creo que se está quejando sobre algún aspecto de la comida. Tiene cara de enfadado y, pese a la poca luz, puedo ver que su cara está tomando un tono más rojo. Se está cabreando, sin duda. Yo, por mi bien, me dedico a continuar mirando hacia delante, mi plato, y comer. Hace rato ya, que estoy apartando las pastillas en una orilla del plato, y me aprece que la joven que tengo enfrente se ha dado cuenta. Sin embargo, no dice nada, como siempre. Mientras tanto, el volumen de voz de mi compañero aumenta. Ahora le está gritando al tío ese que me cae gordo que tiene delante suyo. Se está poniendo nervioso, y yo, sin duda, también. Es cuando intenta levantarse, que la joven que estaba sentada delante mío se levanta de golpe y, sin prisas, se dirige hacia él, lo coge por los brazos y lo obliga a permanecer sentado. Atemorido, yo continúo disimulando, intento parecer que no me importa nada de lo que pasa a mi alrededor. Tengo miedo de que me esta gente me haga algo. Y mientras, ese asqueroso hombre sigue observando. Me repugna, vuelvo a pensar, la forma en como se dedica a observar la escena sin mover uno solo de sus esqueléticos dedos. Y la chica esa, que le acaba de decir algo a mi compañero pero, como no estaba atento, no lo he escuchado, lo pone en pie y le obliga a caminar hacia la puerta. Se lo está llevando a no sé dónde y no creo que sea nada bueno lo que le espere tras la puerta.
Ahora solo estamos ese señor extraño y yo. Me obseva, como si de un científico que observa el animal con el que experimenta se tratase. Y yo solamente me dedico a continuar comiendo esa ensalada mezclada con drogas que tengo delante, mientras trato de apartar cada una de las pastillas que me encuentro. Que no son pocas, no. Le estoy cogiendo asco a esto, a todo esto.
Y ahora me entra de repente un sueño tremendo, tengo unas terribles ganas de dormir. Pero no quiero dormir... Solo... un poco más... he de mantenerme despierto un poquito más... Yo...


♠ Fin del microrrelato Manicomio 1967

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