miércoles, 7 de mayo de 2014

Pequeños relatos del mundo de Lila VI

Pequeños relatos del mundo de Lila:
-Relato de la Leyenda Urbana-





Provenientes del otro lado de la pared, se escuchaban unos estridentes gritos que resonaban por la entera habitación, amplia pero vacía, dando por esto un terrorífico eco en sus paredes, y llegaban a sus pequeñas orejas, penetrando dentro de éstas de una forma extremamente violenta. Los terribles gemidos, a veces incomprensibles voces, le apuñalaban los sesos y le provocaban no solamente dolor de cabeza, sino que también le provocaban un grave malestar que le removía las entrañas de su estómago y le inducía a regurgitar.
Con esperanzas de poder evitar escuchar esos ruidos demoníacos, se escondió entre las sábanas y se tapó los oídos con sus delgados dedos, sin embargo eso no le protegía de nada. Continuaba pudiendo escuchar claramente los chillidos, las voces. Incluso escuchaba el caminar, los pasos, como si llevasen zapatos de tacón, de aquellos seres que estaban más allá de la pared y estaban provocando tal escándalo, a pesar de que sabía que no existían. Con cada segundo que pasaba, el volumen iba aumentando e iba llenando la completa habitación de locura, alboroto. Ya se le saltaban las lágrimas, cuando escuchó de repente un claro reír femenino que le recorrió todo el cuerpo, desde los dedos de los pies hasta el último pelo de su cabello, procándole que se le pusiese la piel de gallina. Extremo terror se dibujaba en su cara, fundida en la líquida oscuridad que había bajo las sábanas donde se estaba escondiendo, y a su vez rodeada por la oscura negror de la habitación, cerrada a cal y canto, sin una única gota de luz. Fue entonces cuando sus ojos húmedos y rojizos empezaron a soltar lágrimas de forma incontrolable. Estaba llorando. Y los gritos, los gemidos, los chillidos continuaban, mezclándose con las voces, con las risas incontrolables, con los pasos a tacón, así como con sus sollozos y sus lágrimas de sufrimiento.
Papá abrió entonces la puerta y entró en la habitación, enfadado por haberse despertado al escucharle llorar. Al dejar de llorar para explicarle a Papá lo que no le dejaba dormir, para su sorpresa, se dio cuenta de que ya no se escuchaba nadie, nada. Únicamente podía escuchar su propio corazón latir rápidamente mientras Papá le lanzaba palabras de todo tipo a la cara y le levantaba la mano. Cuando Papá salió de la estancia para volverse otra vez a su cama y dormir tranquilo, la tranquilidad le llenaba. No ruidos, no voces, no risas, no pasos, no zapatos de tacón. Disfrutaba de como el silencio total le envolvía y sanaba las heridas de sus oídos y le permitía gozar de la tranquilidad con la que habitaba ahora en simbiosis.
Mas dentro de unos cortos minutos, se empezaron a poder escuchar voces, susurridos, ligeras palabras casi inaudibles e incomprensibles. Y los nervios le comían, mientras que cada latir suyo del corazón iba más rápido que el anterior, una velocidad directamente proporcional al volumen de las palabrejas que se oían al otro lado de la pared. Más rápido bombeaba su corazón, más fuertes y más reales eran los susurros.

A la mañana siguiente, en su habitación solo se encontraba su cuerpo sin vida, en posición fetal sobre las sábanas de la cama. En su frente podían verse claramente heridas profundas, provocadas seguramente por golpes, con sangre ya coagulada, indicando esto que ya hacían horas desde que el acto ocurrió. Las heridas se correspondían con brutales manchas de sangre en la pared, como si alguien le hubiese estampado la cara varias veces contra ésta. O como si ella misma, al enloquecer, hubiese empezado a autolesionarse hasta provocarse la muerte.
Papá fue enviado a la cárcel, siendo acusado de maltrato infantil. Mamá fue enviada a un manicomio al haber quedado traumatizada por la imagen que vio de su hija aquella mañana e intentar suicidarse en múltiples ocasiones. Los vecinos de la familia, por su parte, alegaron no haber escuchado nada de nada durante la noche pasada.



♣ Fin del Relato de la Leyenda Urbana

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